Archive for marzo, 2012


Me llamo Sara y dicen que soy una mujer bien parecida. Bien parecida a qué o a quién me pregunto cada mañana al mirarme en el espejo; odio las frases hechas que ya no dicen nada; detesto «los marcos incomparables», «las personas muy humanas»»,  «las que perdonan, pero no olvidan » y «las escenas dantescas».

No estoy de buen humor, ya se ve, es muy probable que sea porque hace dos meses mi alegría se desbordó y no me entretuve en recogerla. Hoy que la necesito, ya me resulta imposible enjugarla con el pequeño retal triangular de seda que tengo entre las manos, mi felicidad se ha evaporado.

Carmelo se acaba de ir lloriqueando y la verdad, no me extraña. No es que yo sea muy supersticiosa, no; pero desde el día que pasé por debajo de aquel andamio, supe que mi despiste al recorrer la acera, me traería trágicas y nefastas consecuencias.

 — Me parece excesivo meter en el sobre quinientos euros. Si lo quieren celebrar por todo lo alto, es su problema. ¿No eres tú la que dices siempre, que no te gusta regalar dinero en bodas de tanto boato ni pagar por comer hasta reventar lo que te eligen los demás?

 No supe qué decir, pues tenía toda la razón, pero contesté por no quedar callada.

 — En este caso es distinto Carmelo, sabes que Bea y Andrés son como de la familia.

 — No Sarita,  no,  «familia no hay más que una» — dijo—y en esta, «no hay tu tía».

Ya no contesté.

Comenzamos a engalanarnos para la ocasión, en silencio; como veis,  hoy le había dado a mi esposo, por utilizar ese tipo de frases qué sabe de sobra, me molestan tanto y preferí no provocarle para no tener que seguir oyéndole. Estas peroratas trasnochadas me taladran los tímpanos y después se me repiten a lo largo de todo el día como un eco lejano dentro de mi cerebro.

Sé que a veces soy algo exagerada, que mis actuaciones casi siempre son desmesuradas, pero la verdad, soy así  y no puedo evitarlo, qué le voy a hacer. Por eso, cuando él se acercó por detrás sigilosamente para abrazarme en un arrebato amoroso sin justificación, mientras me pintaba los labios frente al espejo, su cinturón a medio poner, se enganchó en las medias de rejilla negra originándome una carrera larga y sinuosa como pocas había visto en mi vida; en ese momento, se me nubló la razón, no digo más.

Él observaba el desaguisado, deseoso, azorado y callado, y antes de que yo pudiese maldecir, y sin darme tiempo a revolverme, Carmelo, observando el estropicio que había cometido, me soltó a modo de alegato estúpido:

 “El amor significa no tener que decir nunca lo siento, cariño”.

Reaccioné de la manera que habría reaccionado cualquiera, creo yo, y aprovechando que tenía a mano las tijeras que acababa de utilizar para cortar la etiqueta del vestido a estrenar, de un ligero, certero e inusual movimiento, me di la vuelta y a traición —todo hay que decirlo, pues no se lo esperaba—, le corté en dos su magnífica corbata de seda rayada en varios tonos de azules que le había regalado su madre ese mismo año.

Aún recuerdo su cara extrañada e incluso yo diría que asustada o más bien estupefacta, observándome con los ojos muy abiertos y encendidos, miraba por este orden: ahora la corbata, ahora mis medias, ahora mis pupilas; y vuelta a empezar; corbata, medias, pupilas, corbata,… no salía de ahí, como si los ojos fuera atornillándose poco a poco alrededor de esos tres elementos.

De pronto, sin decir nada, cogió su chaqueta y se fue murmurando moviendo la cabeza mientras farfullaba: estás loca Sara, estás loca. No aguanto más.

He de reconocer que ese día me había levantado de muy mal humor; a decir verdad, la boda aquella suscitaba en mí un gran recelo.

Si confieso el motivo, convendrán ustedes que, claro, como no iba a estar molesta. Es probable que lo hayan adivinado y sea en realidad, lo que están pensando. Andrés me confesó lo de su casamiento con Bea unos meses antes mientras se fumaba un cigarrillo tras uno de nuestros encuentros ocasionales. Entre bocanada y bocanada de humo me dijo: Sarita, mi amor,  me ha llegado la hora de «sentar la cabeza».

Vaya, otro con las frasecitas —pensé— y me hice la tonta, mientras mordisqueaba sentada en la cama, un chocolate con forma de lingote relleno de fresa.

 — ¿Sentar la cabeza? ¿a qué te refieres?

 — A qué va a ser Sara, creo que ya es hora de tener una mujer «como dios manda», para todos los días, además creo que me «ha llegado el momento de tener un hijo»

 La cosa se iba poniendo cada vez peor, fea; asquerosamente fea.

 — Ya —solté visiblemente molesta e irónica—, ha llegado el momento… porque dios manda que…

 — Lo nuestro tiene que acabar Sara, y sabes por qué lo hago ¿verdad?

 — No, ni idea —contesté por decir algo, mientras elegía otro bombón con formita de corazón.

 — Porque «te quiero demasiado» —voceó desde el bañoy  «no quiero hacerte daño».

 Lo que me faltaba —pensé— cogí de la caja tres chocolates más envueltos en papel de plata y me fui lo más deprisa que pude.

 Bea avanzaba despacio sobre la alfombra roja mullida recién colocada  que protegía el suelo ajedrezado de la magnífica catedral de Granada. Bien afianzada del brazo de su padre y padrino y con tres calas blancas recostadas en el antebrazo, saludaba sonriendo tímidamente a un lado y a otro entre notas nupciales de Mendelssohn.

Andrés la estaba esperando en el altar y se dejaba agarrar por una madre henchida de orgullo, mientras escudriñaba a los invitados buscando caras conocidas entre los muchos compromisos paternos; de pronto distinguió a Carmelo en uno de los primeros bancos con un extraño e indefinido nudo azulado a modo de corbata entre pajarita, y lazo sencillo:

— Qué original, — pensó Andrés— seguro que ha sido idea de Sara, sé que le gusta innovar pero… ¿Dónde está  ella?, — se preguntaba — solo veo a Carmelo.

Los murmullos de admiración cesaron en la iglesia a la vez que la alegre marcha dejó de sonar cuando la pareja de paseantes parsimoniosos llegaron hasta el altar.

 …“Nos hemos reunido aquí….” Comenzó a recitar el sacerdote y no le dio tiempo a decir más. Una mujer surgió de no se sabe dónde, paseando sobre la alfombra roja y dirigiéndose hacia el altar con paso firme e histriónico como si estuviera a punto de recoger un Oscar, sonreía, saludando a un lado y a otro.

Cada cinco pasos  flexionaba las rodillas con un grácil demi plié y hacía una pequeña reverencia. Los invitados extrañados e interesados por el espectáculo la miraban a la cara y a las piernas, invariablemente.

Sara, acompañaba su vestido de tafetán asalmonado con un pequeño tocado a juego y medias enrejilladas en negro. Los más observadores distinguían una vía larga, despejada de puntos de seda y nylon en una de sus piernas que, hacía destacar la palidez de la carne.

Tanto era el asombro que suscitaba, que nadie reparó en el afilado abrecartas troquelado en la empuñadura con el logotipo del hotel, que llevaba entre sus dedos.

Soy Sara, no Sarita; resido en un precioso lugar en mitad del campo rodeada de árboles frutales. Por aquí cerca corre un riachuelo transparente y arrullador, éste al oído  me recuerda constantemente en voz baja, la suerte que tengo de estar en un marco incomparable, pues  las jaras y el romero colorean y perfuman el camino que lleva hasta el sanatorio psiquiátrico. Siempre que pasan por aquí mis familiares, me recalcan que las enfermeras y los médicos que nos cuidan son unas personas muy humanas y eso —comentan—, que a veces se producen en este desinfecto lugar, muchas escenas dantescas.

Andrés me ignora desde hace tiempo y Bea su mujer, me ha perdonado pero no olvidado.

Carmelo viene a verme a menudo y siempre cuando se va, me dice que estoy muy bien, que sigo siendo una mujer guapa, bien parecida ¿Bien parecida a qué o a quién?, le pregunto insistentemente, hoy por fin lo ha admitido.

 — No lo sé Sara, «el amor es ciego».

 

El grave silencio de la mañana pareció romperse del todo, cuando el ataúd de madera golpeó secamente contra las paredes del nicho; sin embargo cinco días antes, nadie, ni tan siquiera su querida María le había enviado la más mínima señal.

Era un domingo del mes de mayo, mes de flores, mes de cánticos y rezos a la Virgen.

Desde hacía un tiempo y siempre en primavera, Inmaculada, se levantaba al amanecer y se dirigía a saludar a su amada María, paseando por la silenciosa senda que conducía hasta la ermita. La hierba fresca alfombraba el paisaje como el mejor de los tapetes que pudiera imaginarse, pues las flores claras que salpicaban el camino, tejían un exquisito bordado a modo de  encaje de bolillos urdido a múltiples colores.

— ¡Qué bonita está hoy la senda!— exclamaba Inmaculada cada mañana— cómo te afanas día a día para que yo disfrute la ruta, querida y laboriosa Madre María ¡Qué excelsa es tu gracia decorando el jardín asilvestrado que llega hasta tu casa!

La muchacha, una vez recreada en el paisaje y agradecida por tal belleza, caminaba con los ojos medio entornados, bisbiseando en letanía una de las plegarias cinceladas en su memoria. Quince misterios repartidos entre las cuentas de un rosario, quince. Las pequeñas bolas rematadas por una sencilla cruz de plata, acariciaban las yemas de sus dedos, día tras día.  La ristra de cuentas le servía para ordenar sus rezos, pues es bien sabido que, cuando el frenesí de jaculatorias envuelve al devoto, el tiempo parece detenerse y las plegarias y alabanzas, se suceden sin medida. Cuarenta minutos de ida y cuarenta de vuelta tardaba, hasta llegar a la pequeña iglesia todos los días del quinto mes. Antes de entrar, Inmaculada recogía un ramillete de flores tiesas y quitando las mustias del día anterior, las colocaba en el jarrón de cristal situado a los pies de la bella imagen.

Una vez arrodillada y postrada frente a la Virgendel Mar en la penumbra, una calma chicha la envolvía, pues a esa hora de la mañana raro era que alguien, se acercase por aquellos parajes. Entonces Inmaculada iba desgranando a su amiga de mármol los acontecimientos que le habían ido sucediendo en los últimos meses, sonriente y dicharachera, como si hablase a la mejor de las amigas, sin reserva, y con la certeza de quien sabe, que jamás serán reveladas las confidencias que salían de sus labios.

El primer día que la fue a visitar después de un año, le contó que había conocido a un hombre y que se había enamorado de verdad; que su novio se llamaba Pedro, y que le había prometido cogiéndole la cara entre sus manos y mirándola a los ojos, que nunca más contemplaría a otra mujer que no fuese ella y que la quería y que con ella no habría más juergas de machos ni más enredos de faldas en otros puertos.

—Si en el fondo es un pedazo de pan —hablaba a la imagen— es un poco poeta ¿Sabes?,  ¡Es más zalamero! Se gana la vida en el «Isla de Alborán», ya sabes, el barco del tío Ramón; faenan hasta las cinco de la tarde; luego de cambiarse el peto y las botas impermeables, se lava y se perfuma con aroma de lima limón y viene a buscarme a la conservera y me invita a un mosto y nos damos la mano y — respiró hondo— y… nos vamos a casar el año que viene, el 12 de mayo aquí, en tu casa y vendré por el jardín que bordas en verde todos los años. Sé que estarás conmigo ese día. Una mañana de estas te lo traigo aunque sea a empujones, para que lo conozcas. Gracias, gracias Madre, por todo lo que me das.

Inmaculada arrodillada en el reposapiés del primer banco, con el silencio roto solo por los graznidos de las gaviotas, agradecía de corazón que la tuviera siempre en su regazo, le decía que era su refugio y su alegría y le rezaba tres Ave Marías con el mayor de los fervores. Pasada una hora más o menos de diálogo sin espera de respuesta, ella introducía a través de la ranura de un cajoncillo de madera situado a la derecha, unas cuantas monedas que guardaba en uno de los bolsillos de su mandil. El atril que sostenía el recoge-limosna, mantenía bien alineadas un sin fin de pequeñas candelas consumidas en su totalidad y otras, rebosante de cera en las que  apenas se veía la mecha.

Después salía del pequeño templo a través del portalón humedecido por el rocío y sorteando un gran escalón de piedra, volvía a recibir medio cegada, los rayos del sol.

Por el camino de vuelta, la joven entonaba en un susurro una Novena devota que practicaba durante nueve días seguidos con oraciones, letanías y otros actos piadosos dirigidos a Dios, a la Virgeny a todos los santos.

Ya en su puesto de trabajo, Inmaculada vestida con un gorrillo blanco y una bata del mismo color, permanecía de pie al lado de sus compañeras, revisando manualmente el acomodo de unas cuantas sardinas dentro de las latas plateadas que resbalaban sin fin, en la cinta transportadora de la fábrica.

Y así todos y cada uno de los días del mes de mayo. Mes de cánticos, de flores y de rezos.

La luminosidad del mediodía  se iba transformando por momentos y las nubes se espesaban  encapotando y oscureciendo el cielo. El mar se revolvía inquieto sacudido por el viento que arreciaba con fiereza y se entretenía con las pequeñas barcas atracadas en el rompeolas, más tarde, aburrido ya del juego, se derramaba sobre el muelle inundando las dársenas.

Esa misma madrugada del mes florido, desoyendo la previsión marítima, costera y de alta mar, el pesquero «Isla de Alborán» soltó amarras con el beneplácito de la tripulación marinera, pues un día sin salir a faenar, suponía una mengua del jornal que pocos o ninguno, podían permitirse. Se encomendaron a la Virgendel Carmen patrona de los marinos, y salieron rumbo al caladero más cercano para no alejarse mucho del litoral.

Unas horas después, en cuanto tuvo la oportunidad, el mar hambriento de barcos imprudentes se lo tragó de un solo bocado y más tarde regurgitó las sobras sin piedad: maderos carcomidos y mordisqueados, redes agujereadas y vencidas imposibles de zurcir de nuevo y unos cuantos aparejos de pesca destrozados. Entre los escollos que bordeaban el arrecife cercano al pueblo, aparecieron deslavazados tres días más tarde, seis de los siete marineros ahogados. El tío Ramón, quedó sumergido y enredado entre los hierros de la quilla y las flores destinadas a su tumba, se esparcieron por el mar.

Al día siguiente, Inmaculada vestida con el uniforme de trabajo, bata blanca de bolsillos vacíos y gorrillo levemente torcido por el aligerado del paso, miraba con los ojos muy abiertos sin ver y se llegaba hasta la pequeña ermita de piedras adornadas de verdín, una vez dentro, con la misma penumbra de todos los días y sin recogimiento alguno, de pie frente a la Virgendel Mar, incrustó su mirada salada y se miraron de forma tal, que ambas tuvieron claro que, nada más podrían decirse, su relación había terminado, quién podría haberlo dicho, unos días antes.