Archive for mayo, 2012


casita cuento El delicado olor a hierba fresca recién aliñada de lluvia se colaba por el resquicio del ventanal y la pequeña Valeria, comenzó a llorar.

Valeria Llopis era una chiquilla de siete años. Su mirada  vivaracha  e inquieta,  a veces desaparecía tras un flequillo demasiado largo y alisado, que dejaba bien ocultas unas cejas poco pobladas. El resto de la melena cortada a tazón, acababa de enmarcarle el rostro y jamás había entre sus cabellos castaños ni rastro de diademas, horquillas, adornos o aderezos.

Vivía con sus padres y su hermana en una pequeña villa costera llamada Verdiblanco de los Pontos en la que destacaban sus casas encaladas de blanco, salpicadas de puertas y  postigos verdes.

Su familia estaba compuesta por el padre, un hombre cariñoso, afable y sereno. Se ganaba la vida como encargado de envasado y distribución de una fábrica de aceite de oliva. La madre era tierna y a la vez inflexible en la educación de sus hijas, llevaba la casa con disposición y ayudaba a la economía familiar, montando en sus ratos libres, pequeñas piezas de bisutería por encargo.

Trinidad, la hija mayor, era una adolescente tranquila. Pasaba las horas muertas escribiendo interminables cartas a una amiga veraneante a la que veía de año en año. Era coqueta  y gustaba de recogerse el cabello en una sola coleta lateral, que adornaba a menudo con un lazo conjuntado con camisetas en verano y jerséis en invierno.

Cinco años de diferencia entre ellas, eran suficientes para divertirse con sus propios amigos y rara vez los compartían a no ser, por imperativo materno.

La benevolencia del clima en Verdiblanco, se veía alterado en otoño por unas lluvias desplomadas de golpe que vaciaban las nubes y dejaban profundos e irregulares charcos. Valeria y sus amigos disfrutaban de las pequeñas pocillas, pues, a principio de los setenta, todavía muchas calles del pueblo seguían sin asfaltar.

La mayor parte de los días otoñales, Valeria emprendía el camino de la escuela con unas botas de agua color granate que casi le rozaban las rodillas, dándole el aspecto, de una espigada Pulgarcita.

Saltar entre los charcos, salpicarse; hacer navegar en las estrechas ciénagas pequeños veleros fabricados con vainas de algarrobo; construir frágiles presas con piedrecillas y ramas de los árboles. Risas, gritos y alboroto infantil.

Las primeras lluvias del año eran acogidas por los pequeños con el mayor de los gozos, como un juguete a  punto de estrenar cada temporada.

El veintiséis de septiembre a las cinco y media de la tarde comenzaron las primeras gotas, y los chiquillos corrieron a enfundarse el calzado de goma con el que explorar nuevos charcos.

Valeria abrió impetuosa el mueble de los zapatos y sacó sus botas granates con una sola mano, mientras con la otra sujetaba un buen bocadillo.

De regreso a casa al anochecer, sudorosa, embarrada y feliz, las botas de Valeria parecían haber encogido y los dedos de la niña mostraban un color rosado propio de la presión a la que habían estado sometidos durante toda la tarde.

Su madre reparó enseguida, pues la niña se frotaba disimuladamente los dedos del pie derecho en la pata de la mesa, mientras cenaban.

— Valeria, ¿qué te pasa en el  pie? —preguntó su madre.

— Nada —contestó evitando su mirada, mientras introducía un trocito de pan en la yema de un huevo frito.

Poca picardía la de Valeria que consiguió en menos de una respiración, que su madre se levantara de la silla y le observara atentamente el pie para constatar, sin equivocación, que las botas se le habían quedado pequeñas, dado el gran estirón de la niña en el último año.

— Mañana, si sigue lloviendo, te pondrá las de Trini —le dijo—, hay que aprovecharlas ahora que a ella también se le han quedado estrechas.

— ¿Las botas de Trini?— respondió como si no diera crédito a lo que acababa de oír.

— Claro, nena, qué suerte tienes de poder utilizarlas tú, son preciosas, ya lo sabes.

Y en aquel preciso momento, Valeria, se marchitó de golpe, como una de esas florecillas efímeras que decoraban las botas de su hermana: pimpollos de todos los colores, ramas y hojas verdes, filigranas, dibujos chinescos y demás adornos vegetales se congregaban en aquel calzado de goma.

— No quiero las botas feas de Trini —murmuró mohína.

— ¿Feas?, si son preciosas —repitió otra vez, como si no tuviera otro argumento.

— A mí no me gustan.

— ¿Cómo que no te gustan?

“Aprovechar”, “Trini”, “gustar”. Tres palabras unidas, que a Valeria le erizaban el vello.

—Yo quiero unas negras — soltó a media voz.

— ¿Negras de pocero?

— No, de pocero no, mamá —respondió sin saber muy bien qué era un pocero—. Negras de Pirata.

Tragó deprisa y continuó:

—Están en la tienda del Sr.Anibal, en el escaparate; son negras y tienen unos redondeles blancos. Las he visto de cerca aplastando la nariz en el cristal y ¿sabes que he visto mamá? ¿Sabes? —Repitió—, que no son lunares, no, son: calaveras pequeñitas. ¡Sí! —Dijo abriendo exageradamente los ojos, como si revelara la mejor de las noticias— ¡Calaveras, mamá!

Viendo la cara estupefacta de su madre, insistió inocente.

—Mamá, no te preocupes que no asustan, son pequeñitas y parece que se ríen; ya verás que cara pondrá el chulito de Moisés, siempre quiere ser el jefe de los piratas en las guerras de los charcos en el callejón de las tapias.

El tal Moisés de once años, cubría su ojo izquierdo con un parche, a la espera de que el derecho espabilara de lo que era en llamarse: un ojo vago.

— Vamos, Valeria —respondió la madre disimulando una sonrisa, pensando en el chaval —no seas tan caprichosa. Te he dicho cientos de veces —enfatizó— que tienes suerte de que tu hermana no destroce tanto como tú y puedas aprovechas sus ropas, difícil sería si fuera al revés, —dijo zanjando la conversación, mientras le retiraba el flequillo de los ojos.

Durante la noche la pequeña, no conseguía conciliar un sueño tranquilo. La inquietud le hacía sacudir fuertemente las piernas. Daba vueltas en la cama, imaginaba voces, risas infantiles, empujones y patadas invisibles que la sacaba de sus charcos mientras ella, arrastraba unas botas enormes y floreadas que le desfiguraban el alma de corsaria.

Patas de palo con maderas muertas que reverdecen llenándose de hojas en sus delgadas piernas, y garfios de hierro que la persiguen entre carcajadas infantiles. Gotas de sudor, vergüenza salada.

La mañana llegó, y las botas multicolores la esperaban, exaltadas de primavera.

— ¡Mamá, ven!, —gritó excitada e impaciente, mientras se apartaba el flequillo de los ojos humedecidos.

La madre, lo intentó de todas las maneras posibles.

— Echa, el pie para atrás Valeria; el talón Valeria, eso, así, un poco más.  No, pues es verdad no te entran, la goma te roza la punta —dijo aplastando la bota y el dedo gordo a la vez— ¡Cómo has crecido Valeria!  Qué lástima de botas. Se te han quedado pequeñas. Con lo nuevas que están… y lo preciosas que son.

                                                                      ***

 Botas negras para niñas filibusteras que ya no lloran y calaveras cómplices que sonríen mientras saltan y guerrean, entre barcos bucaneros.

Todavía sin recuperarse de la sorpresa, Claire releía atentamente la pantalla de su ordenador.

— ¿Cómo habrás conseguido mi dirección? —se preguntaba—, debe de ser verdad que, de esta red, ningún pez puede escapar.

Hete aquí, que tú, ahora, me has encontrado y me envías esto. Reconozco que me he alegrado al ver tu nombre.

En el fondo no me extraña, pues hubo un tiempo en el que nos buscábamos para emborracharnos juntos en todos los bares de la ciudad; luego nos evaporábamos de repente y renacíamos a la puerta de algún nuevo garito.

Una forma extraña ésta de jugar al escondite. Uno de los dos, no sabe de qué va el juego, se oculta y desaparece  hasta que se le pasa la embriaguez.Tengo que admitirlo, en aquella última ronda, me ganaste tú, pero ahora; ahora, me huelo que quizá hiciste trampa. ¿Contaste hasta cien o hasta mil?

Las matemáticas eran lo tuyo.

Nos enseñaron diez u once mandamientos, tres o cuatro virtudes teologales y ocho o nueve bienaventuranzas. Nunca estuvimos muy seguros de cuántos eran los preceptos de la iglesia cuando los recitábamos juntos, en los bancos de la catequesis. Sin embargo, como ya te he dicho, nunca dudé ni recelé de tu sagacidad numérica, hasta que un día, aburrida de esperar mientras contabas, salí de mi escondite tras del árbol y tú seguías allí, apoyado en la pared, agachada la cabeza rodeada con tu brazo y recitando aquello de: ochenta y dos, ochenta y tres…

Me desencanté  de golpe, y poco a poco fuimos creciendo alejados.

Por eso me extraña que ahora, me incluyas entre tu número de ángeles. Sabes de sobra, que me llevé más de un coscorrón por no saber rezar y, de cifras…, de cifras, la verdad tampoco ando muy bien.

Deberías recordar —pues entiendo que lo has olvidado—, que colgué mis hábitos por dos veces, la primera, enganchados de una percha tras la puerta de mi habitación, cuando acabó la alegre fiesta de niñas inmaculadas y niños disfrazados de marineros, que nunca habían visto el mar.

La segunda, fue por prescripción facultativa, hace un tiempo que apagué mi último cigarrillo y utilizo ahora, como jarrón de una sola flor, la petaca de plata que me regalaste por mi santo, un once de agosto.

Yo ya no bebo.

Me dijo tu madre que te fuiste del barrio y te uniste a otra congregación achispada de oraciones cortas, vino moscato convertido en ginebra y claustros en la calle con pase pernocta, sin necesidad de avisar.

Yo vivo sola  en mi propio convento y soy una simple novicia, ya ves.

Como explicarte que me he hecho un poco más vieja en este tiempo y sigo sin aprender. Todavía me sorprendo repartiendo besos a destiempo e insisto en colocarme las gafas oscuras en días nublados, mientras achino los ojos sin cristales, para observar directamente al sol.

Siempre me equivoco.

Mis horas transcurren construyendo collages. Me apasionan; ensamblo diversos recortes de la vida, utilizo fotografías, ya sabes: tuyas, mías, antiguas, nuevas y de gente desconocida. Pego y corto; corto y cambio.

Decapito y canjeo cuerpos; mudo rostros arrugados en torsos hercúleos, planto flores en tierras baldías y sonrisas refulgentes en ojos tristes.  Recorto, cerceno y amputo recuerdos para evocarlos a mi manera; después, ayudada de dos chinchetas aprisiono las cartulinas cargadas de colores en la pared del pasillo, hasta que caen por su propio peso y construyo un nuevo puzzle.

Otras veces, recorto tiras de papeles de colores, pego los bordes, los enlazo y construyo largas cadenas de guirnaldas que festoneo, colgándolas del techo.

Claire, seguía quieta pensando y observando la pantalla fijamente, los brazos como dos columnas acodadas sobre la mesa y los puños cerrados, apoyados en la barbilla a modo de pequeños capiteles sujetando su cabeza.

Pero insisto—continuaba—, no consigo comprender cómo te has acordado ahora de mí. Es posible que te colases en una de esas tiendas de segunda mano con olor a viejo que tanto nos gustaban.

Rebuscar, manosear, sumergir tus dedos ágiles de enrollar cigarrillos, en los cajones apretujados de vinilos sobados. Balancear los discos de un lado a otro, hasta encontrar la música perfecta tan difícil de interpretar sin hielos flotando en mares espiritosos.

Lo intentamos los dos juntos y yo sola, me solté.

No sé cómo responder a tu mensaje. A pesar de nuestro distanciamiento, leo que me quieres bien y que me incluyes en tus buenos y fervientes deseos. La creatividad literaria nunca fue tu mayor encanto, reconócelo, y ahora; ahora me sorprendes con esto; qué generosidad de tu lado hacerme partícipe de estos, tus logros —pensó con ironía.

Antes de arrastrar el cursor para eliminar el mensaje Claire sonrió, y se dijo a sí misma: ya te gustaría ya, contestarle así, Clarita, pero te limitarás a borrarlo y a no dar señales de vida, y estas preciosas letras azules tan barrocas, tan grandes y tan bonitas que acompañan la bella estampa que te ha enviado tu amigo René, desaparecerán de la pantalla llevándose con ellas, a otras veinte direcciones más que, acompañan  la tuya.

Echó un último vistazo y deshizo el conjunto arquitectónico de sus brazos para coger el ratón, éste reposaba a su izquierda, lo apretó y despejó al instante la pantalla de entusiasmos fatuos.

…”Toca la imagen de Jesús para que te cuide, luego debes enviarlo con fe y no preguntes. Si crees en Dios, envía este mensaje a veinte amigos más. No ignores, ni rompas, esta cadena de esperanza.
Si lo reenvías, dentro de 4 minutos te darán una buena noticia, pero si no lo haces y la rompes….”

Claire recogió sus papeles, su pegamento y sus tijeras zurdas y dejó bien estirada en el sillón, la guirnalda de papel couché que colgaría al día siguiente. Después, apagó una a una, todas las luces de la casa dando por concluido el día.

El día cae. El crepúsculo incita los sentidos. La puerta de la calle se ha abierto. Alguien quiere entrar y yo empujo con fuerza el portón. Ya no es tiempo de recelos, de sospechas, de inquietud. Todavía no, espera. No puedo permitir que transites por este blanco edificio lleno de ventanas, es mi último refugio. No, no me la pidas aún. No voy a entregarte fácilmente la llave que abre el laberinto de  pasillos y puertas que conduce hasta mí para que me lleves contigo. Aléjate de mi lado.

Algunos recuerdos se acercan para despedirse y tengo que recibirlos como se merecen.

Ha pasado el tiempo en el que la ingratitud y la deslealtad eran una apremiante necesidad de desahogo.

Ahora, alcanzada la senectud del cuerpo que no del alma y después de arrastrar hasta lo imposible la madurez, déjame hablar; mientras tanto ve en busca de otro, aquí  mismo, en la habitación de al lado. A mí me ha llegado el momento de las confesiones, de las confidencias y por qué no decirlo, de la delación, de la acusación disparatada, pues no tengo ni una sola prueba que destruya la inevitable presunción de inocencia que todo ser humano necesita, que yo necesitaba.

Un hombre tendido en la cama de un hospital de paliativos donde se otorgaban con mimo los últimos cuidados,  hablaba a ratos en su delirio, ante alguien inexistente, pues la cama contigua permanecía vacía.

 —Pero, déjame, déjame que te explique, antes de irme—continuaba.

Todo comenzó de manera fortuita, como suceden la mayoría de los encuentros más perdurables; una mirada, un saludo de cortesía y allí estábamos, un hombre y una mujer de mundos diferentes; ella apostada y protegida tras un garito, como en una trinchera inaccesible para el enemigo, vendiendo entradas en un vetusto cine de barrio llamado Caprichos, en él, se disfrutaba del séptimo arte en una silenciosa y oscura sala de butacones aterciopelados en rojo y desgastados hasta rozar la madera.

Yo el hombre. Como un soldado de permiso, deambulaba por la ciudad un domingo al atardecer, camuflado por una indumentaria corriente que parapeta y encubre al verdadero yo.

Tras la ventanilla doblemente acristalada con forma de ojo de buey, le pedí a la mujer un boleto, una entrada para soñar durante hora y media con los artistas del momento y ella me la entregó con una sonrisa sin coste, pues luego me dijo que iba incluida en sus obligaciones laborales.

—Su ticket, señor

Recibí la mueca amable como un inesperado regalo a destiempo y varias visitas y películas después, ya había hecho mía aquella sonrisa.

 Como era de esperar cuando tropezamos frente a frente dos seres que se encuentran solos en compañía, y acompañados cuando están solos, era casi inevitable, que quisiéramos escoltarnos el uno al otro, así que visionados cinco o seis rollos de cinta de celuloide impregnadas de historias y aventuras románticas, comenzamos a salir juntos.

 Lo primero que dispuse para ella, fue un cambio de nombre, pasó de ser Loli para el resto de los mortales a llamarse Atalaya, siempre tuve por costumbre rebautizar a mis conquistas con apelativos secretos y singulares que tan sólo nosotros dos conocíamos.

— ¿Qué te parece “Atalaya”? — pregunté cortésmente.

— Está bien, —contestó ella.

Y a partir de ahí el galanteo romántico hubiera provocado la mayor de las envidias, pues destilábamos los dos grandes dosis de ternura y entendimiento a partes iguales. Sin embargo, quien diga que el amor es eterno, miente, pues años después, la torre defensiva inexpugnable, pasó a ser para mí solo un lugar accesible de paso y ella, la expendedora de boletos, empezó a sonreír a todo aquel que le pedía una entrada.

 Pero no, no adelantemos acontecimientos…

Anteriormente a esta época tan concurrida, Atalaya y yo, soldado veterano, jugábamos a diario, preparábamos batallas de mentira con cañonazos blandos y obuses de plumas. Los partes de guerra transformados en risas, invadían todo nuestro entorno. Ni una queja, ni una crítica, ni un reproche.

Largo e intenso romance el de la torre y yo, un militar cumplido. Una relación binaria en la que solo cabían ceros y unos, sólo eso; unos y ceros.

 Ella seguía despachando boletos en el Caprichos cada tarde y yo todos los domingos  deslizaba la mano por el hueco del ventanuco y recogía mi entrada y mis vueltas, mientras nos mirábamos a los ojos y nos besábamos de lejos, suavemente, sin rozar el cristal.

Ay, cuanta dulzura empalagosa aquella de la juventud. No, no te rías, no; qué más hubieras querido tú. Yo te digo, que jamás fui tan feliz.

Un día, Atalaya empezó así, sin más, a guardarme las entradas entre los butacones que estaban más rotos, los más sucios, los situados en la última fila; allá donde las historias de cine se empequeñecen por la lejanía de la pantalla y las reales se encarnan a nuestro lado a través de las caricias y carantoñas que se profesan los demás en la oscuridad.

Al principio creí que quizá Atalaya me arrinconaba para sorprenderme de un momento a otro y así compartir algunas de las secuencias de la proyección juntos. Pues una vez comenzada la sesión, no era muy grave que abandonase su puesto de trabajo un par de minutos y a mí, su presencia casi inesperada me hubiera llenado de júbilo.

Esperé serenamente los primeros días, después algo furibundo y malhumorado, y más tarde, transcurridas un par de semanas, con una codicia vehemente, que pasaba por no tenerla a mi lado ni siquiera unos segundos, en la oscuridad de la sala.

Una tarde, cuando me dirigía taciturno hacia la última fila de asientos después de comprar mi entrada, me observé detenidamente la palma de la mano y advertí entre la calderilla de las vueltas del billete, un puñado de monedas ennegrecidas y desgastadas, un peculio sin valor, un caudal con apariencia de monedas falsas. Extrañado retrocedí de nuevo hasta la puerta del cine para pedirle una explicación, nos miramos fijamente a través del ventanuco, se encogió ligeramente de hombros y no hubo más palabras que rompieran el silencio, ni más besos proyectados en el aire. Me guardé las monedas y me marché sin esperar el final de la historia.

En aquél momento tuve claro que nuestros dígitos habían quebrado el código; nuestro código. Sin embargo siempre tuve la esperanza de…

 El anciano de la habitación 207, estuvo hablando entrecortadamente y sin descanso durante tres días seguidos entre delirios y respiraciones anhelosas, roncas y silbantes propias de la agonía. La enfermera de guardia a la que correspondía la rutina nocturna, se acercó hasta la habitación para comprobar cómo y en qué punto se encontraba el itinerario del paciente y si la fiebre continuaba subiendo enloquecida como venía sucediendo durante toda la tarde. Un vaso de plástico blando reposaba en una mesita, a la izquierda de la cama articulada de barandas extraíbles, la enfermera le incorporó levemente la cabeza empujada por la almohada para acercarle el agua a los labios.

Un objeto frío y metálico rozó el antebrazo remangado de la chica y ésta sorprendida por el contacto inesperado, alzó un poco más al anciano y descubrió un exiguo tesoro, un puñado de monedas antiguas sin circulación que yacía escondido entre la sábana bajera y el almohadón. La joven, las agarró con cuidado y con gesto compasivo, las introdujo en el cajón con el resto de las pertenencias del anciano, en ese instante, la muerte encontró la llave y el viejo en silencio, dejó de respirar.

El viaje

Son las dos de la tarde y Margalida, como todos los días a la misma hora, compone una corta y chirriante melodía que inunda toda la calle, pues es inevitable acallar el sonido producido por la persiana de metal que ciega la entrada a su pequeño comercio  una —herboristería situada en la calle Zaratustra número seis.

 Casi en la misma puerta, a unos escasos diez metros, un coche pequeño con la ele de conductor novel bien visible en el parabrisas trasero, está aparcado en doble fila y anuncia a bocinazos su presencia. Margalida reconoce la señal y apresura el paso para introducirse en él. Es jueves y Marcos, su hermano menor, ha venido a buscarla, juntos visitarán a la madre, que permanece en un mundo aparte de ensoñaciones y recuerdos equivocados, en una preciosa e iluminada residencia a las afueras de la ciudad.

 Se saludan con un beso y a continuación ella automáticamente le limpia la mejilla con el dedo para borrar la leve firma que acaba de estamparle con el rosado de su carmín.

 Eres igual que mamá Marga —dice Marcos—, ella se ensalivaba el dedo y nos lo restregaba por la nariz para quitarnos los churretes, y tú por seguir la costumbre y como ya no me tizno, me ensucias primero, para poder limpiarme después.

 —Tradición familiar, ya lo sabes, —dijo ella sonriendo—, anda, no me seas quejica, te invito, antes de ir a ver a nuestra señora madre vamos a tomarnos algo, no he podido picar ni una sola galleta de avena en toda la mañana, los clientes no han dejado de entrar y he tenido que atender a tres representantes a última hora,  eso sin contar el teléfono que no ha parado de sonar y además…

  —Quejas: Tradición familiar —la cortó él;  sonrieron los dos y ella aumentó el volumen de la música que se oía de fondo.

 En el interior del coche, un pequeño utilitario blanco de segunda mano, se percibía un ligero aroma a sándalo que emanaba de una estrella troquelada en cartón y papel secante colgada del espejo retrovisor.

 —Por cierto, hablando de picar —dijo Marga, arrojando en el asiento trasero una bolsa que llevaba en la mano y que contenía: tres hamburguesas de seitán, una botella de leche de arroz, y unos tacos envueltos al vacío, de suave tofu japonés.

 En el envoltorio de papel reciclado, estaba impreso el nombre de la tienda: “Herboristería Luces de Bohemia”.

  —Eso es para Carmina, me lo encargó ayer, dile que la levadura de cerveza se me ha acabado esta mañana; ya está pedida, el sábado la tendrá sin falta.

 Marcos no contestó.

 — ¿Llevas puesto, a Brian Eno? —dijo ella aguzando el oído.

 —No sé quién es ese pájaro —contestó él sarcástico mirando al salpicadero—, es un “cedé” de Carmina, ya estaba metido cuando le he cogido el coche esta mañana. Ayer me dijo que oía un ruido extraño al pisar el freno y he querido comprobar in situ como andan las zapatas; hoy no tendrá más remedio que coger el bus, como la mayoría de sus compañeros de facultad.

 La melodía que les envolvía era interpretada por arpas, pianos, flautas y algunos otros instrumentos modulados por sintetizador, e intercalados con rítmicos píos de aves exóticas, vientos racheados y oleajes punteados de gaviotas; todo, al más puro estilo New Age.

 —Hace años, yo también escuchaba esta música a  todas horas ¿recuerdas? —dijo ella.

 —Sí, claro que me acuerdo, ¿cómo no? —contestó él.

  Después de una pausa, en la que los dos habían callado de manera artificial, Marcos empezó a hablar, tras un leve carraspeo.

 —No pensaba decirte nada ahora Marga, pero precisamente de esa época quería hablarte, hermana. Mi mujer y yo, llevamos unos meses preocupados por la niña.

 —“¿Hermana?”, “Mi mujer y yo”, — Marga le miró seria y extrañada — qué solemne te has puesto en un segundo — dijo ella—.  ¿Qué pasa con mi sobrina y por qué estáis tan preocupados Carmen y tú? Sabes que ayer estuve con ella y la vi muy feliz.

 —Todavía no ha llegado la sangre al río, —contestó exagerado como siempre —, pero nos estamos temiendo lo peor y no podemos consentirlo. Como imaginarás por los encargos que te hace de un tiempo a esta parte, ha empezado a rechazar los guisos de Carmen,  no consiente probar ni un solo bocado de cualquier alimento que sea de origen animal, dice que hay que despertar la conciencia humana hacia el resto de los seres vivos empezando por eso: por dejarlos vivir; que si el sufrimiento animal; que si los hacinan en el transporte cuando van directos al sacrificio; que si a los pollos se les altera su ritmo biológico con iluminación artificial; que si supiéramos con qué los alimentan ¡vamos!, que según ella, somos unos descerebrados y depravados los que pasamos de todas esas tonterías y seguimos pirrándonos por un buen asado de lechón. ¿Te suena de algo esa retahíla, Marga?

—Sí, claro, todo eso que dice Carmina es cierto, sabes que pienso igual, pero no creo que sea para tanto, ni para que estéis tan preocupados, ser vegetariano hoy día es una opción como otra cualquiera y ella ya no es una cría, seguro que sabe lo que está haciendo.

—¿Qué ya sabe lo que hace? y ¿tú me lo dices?  ¿tú también sabías lo que hacías cuando empezaste?: Primero, te atiborraste a tomates, acelgas, garbanzos y espolvoreabas germen de trigo por todas partes; más tarde, — hizo una larga pausa—, para más tarde protestar; protestar por cualquier cosa, meterte en todos los “fregaos” reivindicativos y acabar largándote con aquel individuo a mitad de curso, con un billete de Inter-Raíl en tu cartera, dejando un hogar sombrío, triste y desquiciado y a unos padres perplejos que no se explicaban qué es lo que habían hecho mal.

Marcos, era cinco años menor que ella y desde bien pequeño enrojecía en cuanto alzaba la voz. Esa facultad camaleónica, empezó a mostrarse inmediatamente.

—¿Qué tiene que ver mi alimentación y mi viaje? — dijo ella—, ya empiezas como siempre a mezclar lo que no debes Marcos, y te pediría, por favor, que no menciones a Rubén.

Un silencio afilado y cobarde, sin atreverse a romper la quietud, se instaló alrededor de los hermanos.  Margalida, dirigió su mirada hacia la ventanilla y observó como algunos ajenos transeúntes cruzaban apresurados un cercano paso de cebra.

Los recuerdos de la mujer comenzaron a viajar hacia atrás, como si se deslizaran, como si rasgaran con botas acuchilladas una pista de hielo en la que los danzantes resbalan de espaldas, mientras soportan la mirada inquisidora de unos jueces, que vigilan y puntúan desde la grada.

Pareciera que Marcos podía observar sus pensamientos y rompió la aparente quietud advirtiendo:

—No más caídas, hermana; no quiero que Carmina siga tus pasos. —Y el coche blanco y polvoriento, continuó su camino.

Rubén y Margalida se habían conocido en la facultad de fisioterapia, en una de las clases prácticas sobre manipulación vertebral que se realizaban por parejas bajo la supervisión del profesor y a partir de aquel día, trabaron una gran amistad  envuelta en amor que más tarde, desembocaría en tragedia.

Sin dejar  siquiera que acabara el curso, en un diciembre convulso de 1989, los jóvenes inquietos se enrolaron juntos y se marcharon a recorrer una Europa exultante, contagiada por el inminente derribo de la tapia alemana. Y si no hubiera sido por aquel estúpido accidente en el que un conductor embriagado de euforia, atropelló a la pareja en una avenida cercana ala Bebelplatzcon un desvencijado Vokswagen, es muy probable, que todavía continuasen juntos en algún lugar del Viejo Mundo.

Mientras tanto, en el hogar de Margalida, los padres disgustados, primero se culparon en silencio por haberle consentido a la niña demasiados caprichos, después vinieron los reproches mutuos y más tarde juntaron sus lágrimas, asimilaron la idea y se resignaron a esperar su regreso.

No habían pasado ni tres meses, cuando la noticia del inesperado accidente cambió el curso de los hechos y Margalida volvió al hogar de su niñez, sola y sana pero con el corazón descosido y la cabeza llena de deseos frustrados. Para un corazón harapiento, media alma deshilachada y una vida desbaratada, es necesario un tiempo para la compostura y en su caso, fueron necesarios, dos años.

Tras la reparación en el taller de afectos familiares, sus padres quisieron sacarla de la oscura melancolía en la que se había instalado su vida y tras la renuncia a seguir en la facultad sin su compañero, dispusieron para ella con gran esfuerzo, un coqueto negocio de herbolario y alimentación natural.

En el coche, Marcos continuaba con su discurso:

—¿Tú sabes lo que tuve que aguantar tras tu marcha Marga?: Caras larga, llantos…

¿Quién se acordaba de Marquitos?, ¡Ah! no, la hermana, ¡Sólo importaba la hermana!, la hija pródiga, la primogénita, la que volvió enviudada sin pasar por el registro civil. Todos teníamos que volcarnos con Marga, la pobre Marga.

 —¿Qué te pasa Marcos? No sigas por ahí. Ya han pasado más de veinte años.

—Sí, ha pasado mucho tiempo y ahora,  ahora Carmina te adora y eso me gusta hermana, sabes que te quiero, pero la niña; la niña ha conocido a un chico, a un niñato como ella con el que anda voceando: “No, a las corridas de toros”, “Tortura, ni arte ni cultura”, y chorradas de esas que no van a ningún sitio. ¿O sí Margalida?, ¿dónde acaban tantas tonterías?

— Lucha por lo que considera injusto en este momento, déjala, no hace daño a nadie.

—¿Injusto? Injusto es la demencia prematura de mamá, injusto fue el ataque al corazón de nuestro padre. Tantos disgustos en casa.

—¿Lo dices por mí?

—¿Por quién si no, Marga? Una dolorosa alma en pena encerrada en su cuarto durante meses y unos padres temerosos de que la desconsolada niña hiciera otra locura. ¿Qué querías? ¿Cómo podíamos hacerte feliz? No eran suficientes los mimos, los halagos, no; tuviste que intentarlo a la desesperada para seguir llamando la atención. Dos semanas en aquel hospital con las muñecas vendadas, toda la familia revolucionada; de nuevo llantos, reproches y ¿Marcos? ¿Dónde estaba aquel adolescente que pedía explicaciones con la mirada? No, Marga no, que corra más aire entre Carmina y tú.

¿Quién puede asegurarme que mamá, no anda desquiciada por tu culpa?

Marcos, pisó el freno ante la luz roja de un semáforo, la  facultad camaleónica del hombre se hizo patente mimetizándose con el color de la señal. Por el contrario, la palidez había invadido el rostro de la mujer, respetando únicamente sus labios rosados; un ligero mareo repentino revolvió el estómago de la acusada y buscando a ciegas la manilla de la puerta, salió a trompicones para respirar aire fresco sin olor a sándalo; corrió angustiada hacia la acera esquivando a los coches que permanecían quietos, mientras tanto, un Marcos iracundo no había advertido su repentina retirada, pues se encontraba discutiendo con unos chiquillos empeñados en limpiarle el parabrisas delantero, con un mugriento y deshilachado, trapo sucio.